viernes, 29 de diciembre de 2017

Mi odio más profundo

Odio que me despierte tu alarma diez minutos antes de levantarnos sólo porque te gusta darte la vuelta para seguir durmiendo. No me gusta que cada día dejes la taza del desayuno en un lugar distinto de la casa y que luego acabe encontrando las cucharillas debajo del sofá. Detesto que no me prestes atención cuando decido leerte uno de mis textos en voz alta, es algo que siempre me costó demasiado hacer. No soporto que me intentes corregir cuando estoy cocinando ni que dejes comida en el plato. Aborrezco que me eches el humo a la cara y que me pongas el pie helado en la espalda cuando estamos en la cama.

Pero, lo que más odio de ti, es que todavía no nos hayamos conocido.

viernes, 12 de febrero de 2016

Aeredium

Apagó el ordenador exhausto, no había caído en la hora que era hasta que había sonado el despertador, sacándole del profundo trance en el que le había sumergido el nuevo juego que había recibido de forma tan misteriosa. Por la noche cuando se conectó le había sorprendido recibir una notificación en su correo, ya que esa dirección no la tenía mucha gente y no esperaba que le llegara nada. Era un e-mail simple, que en un principio había considerado como spam ya que no conocía al remitente. Contenía un corto mensaje sobre un fondo negro que le llamó enormemente la atención: “Juega y tu vida no volverá a ser la misma” y debajo un enlace a la página del videojuego, en la que sólo se veía el nombre: “Aeredium” y las distintas opciones de descarga. Por lo general no habría hecho caso al correo, pues sólo se dejaba guiar por las recomendaciones de las páginas de gaming, pero justo había acabado con un juego que le había llevado bastante tiempo y necesitaba algo nuevo para desconectar. Lo verdaderamente extraño fue que no encontró información acerca del juego en ninguna de sus páginas habituales y, al preguntar a alguno de los chicos con los que solía jugar a otros juegos, todos le dijeron que no tenían ni idea de sobre qué juego estaba hablando. Esto le picó la curiosidad y decidió probarlo. El resultado fue que no había pasado toda la noche en vela, jugando sin cesar en el mundo de Aeredium. Los gráficos no eran gran cosa, pero las oportunidades que ofrecía eran increíbles hasta el punto en el que después de ocho horas de juego, continuaba sin haber avanzado un ápice.

Los pasos nerviosos de su madre en el piso de abajo interrumpieron sus pensamientos, seguramente estaría en la cocina preparando el desayuno. De un momento a otro escucharía el grito que precedería al comienzo de un nuevo y asqueroso día. Previendo el enfado de su progenitora si no bajaba a tiempo de desayunar, comenzó a vestirse y a preparar la mochila con los materiales necesarios para no morir de aburrimiento durante las clases. Recordó que debería haberse dado una ducha, llevaba días sin hacerlo pero, mirando la hora en su despertador de Deadpool, vio que no le daba tiempo y decidió dejarlo para cuando llegara de las clases. Esperó unos minutos vestido y con la mochila puesta a que su madre le llamara por tercera vez y bajó las escaleras rápidamente, pasando como un rayo por la cocina escudándose en que no podía  desayunar con ella porque iba a llegar tarde otra vez al autobús. De este modo evitaría de nuevo las preguntas inquisitorias de su progenitora acerca de lo que había estado haciendo por la noche y si había dormido algo esta vez. Desapareció de su vista tras el quicio de la puerta y ella se quedó hablando sola, hasta que poco a poco sus palabras se fueron ahogando con lágrimas.

Salió al exterior con los auriculares en la mano, preparado para aislarse del mundo un día más. Se los colocó en los oídos, encendió el reproductor y buscó la canción más ruidosa de toda su lista de música. Avanzó así, haciéndose daño en los oídos, los escasos cien metros que separaban su casa de la parada de autobús. Llegó con diez minutos de antelación y se sorprendió al comprobar que había alguien ocupando su sitio de siempre, enrabietado buscó algún lugar donde poder sentarse alejado del resto de chicos ruidosos que rondaban por la parada y se dedicó a mirar, entre confundido y enfadado, a la chica vestida de negro que estaba sentada bajo su árbol hasta que ésta le miró sonriente, a sabiendas que él la llevaba observando desde hacía un tiempo. Bajó la cabeza avergonzado y sacó su consola portátil, dispuesto a sumergirse de nuevo en el reino de Hyrule. El autobús se retrasaba y él no dejaba de pensar en el misterioso juego y en la chica, demasiadas novedades para lo común que había sido su vida los últimos dos años.

martes, 24 de noviembre de 2015

Gracias

Hacía mucho que no te dedicaba unas palabras y es algo que debería hacer más a menudo. Porque tú me enseñaste el placer por ellas, por zambullirme en páginas escritas y más tarde descubriendo lo que se sentía al ser el creador de algunas de ellas. He sacado muchas cosas de ti, pero sin duda el amor por las palabras es algo que siempre nos unirá y que me alegro que compartamos.

Te escribo estas palabras para pedirte perdón por todo aquello que he podido hacer mal en estos últimos años, que sé que es mucho. No puedo cambiar lo que hice, pero sí puedo intentar no repetirlo en un futuro. Ahora lo veo todo desde otra perspectiva y sé que siempre me apoyaste aunque mi egoísmo no me dejara ver más allá de mí mismo. Pero siempre estuviste ahí, sobre todo cuando menos lo merecía y no importa las veces que te decepcionara que siempre volvías a confiar en mí, aún cuando ni yo mismo soy capaz de hacerlo.

Y es que nunca te rindes y eso es una gran lección que he aprendido de ti. Me has enseñado muchas cosas, pero de esto te estaré eternamente agradecido: ahora sé que soy capaz de todo, que simplemente tengo que creer que puedo hacerlo y que no pasará nada ya que los momentos más duros se harán llevaderos porque podré vivirlos a tu lado.

Gracias por darme la vida y hacerme como soy.

domingo, 23 de agosto de 2015

Renacer

Hacía mucho que mis dedos no aferraban un bolígrafo con la suficiente fuerza como para deslizarlo con firmeza por las hojas de un cuaderno y acabar constituyendo una historia. Es una sensación extraña volver a sentir la tinta creando palabras y escuchar el rasgueo de la punta del bolígrafo sobre la superficie del papel.

Ha sido gracias a ella, me ha devuelto tantas cosas a mi vida que no habría tinta en el mundo para agradecérselo. Ella, tan complicada en su sencillez, a la que un día creí haber amado, para después darme cuenta de que no era más amor que el que siento hacia cualquier otra demostración de arte. Que su sonrisa no provocaba atracción física en mí sino felicidad plena, ese tipo de felicidad que sólo se puede obtener de los pequeños placeres de la vida.

Me recordó a ti. Tú que eras otra de esas obras de arte en vida que nos deleitan con sus paseos sobre la tierra. Tú que también me hiciste creer que era amor lo que sentía por ti cuando simplemente disfrutaba con tu presencia. Pero desapareciste de mi vida y yo casi había conseguido olvidarte hasta que ella ha conseguido que vuelvas a mi memoria. Ahora lo veo todo desde otro punto de vista, los años han conseguido borrar la parte humana, emocional, de mi mente y puedo distinguir entre el amor y las musas.

Por eso he decidido volver a escribir, porque necesito volver a sentir todo aquello que sentía cuando escribía para ti. Pero ahora no serás tú la destinataria de mis historias, ya no. A partir de este momento todo aquello que escriba será para mí, para quien empezó a ser todo desde un principio. Porque dejé de disfrutar de lo que escribía y olvidé la verdadera esencia de por qué lo hacía.


Pero también será para ti, querido/a lector/a, porque tengo que estar agradecido de que hayas permanecido ahí tanto tiempo sin noticias mías. Siento haberte hecho esperar, pero he vuelto… y con ganas de provocar en ti emociones que difícilmente serás capaz de explicar con palabras. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Cuentos para niños I


Hace mucho tiempo, cuando dos soles lucían en el firmamento, los bosques y selvas lo envolvían todo con sus verdes mantos y la magia impregnaba cada recodo de la Tierra, gobernaban sobre todos los seres vivientes un mago y una bruja que impartían plena justicia y a los cuales todo el mundo adoraba... ¿todo el mundo? No, claro que no. Había un pequeño ser, el protagonista de nuestra historia, que odiaba con profundo rencor a los reyes y a todas las demás criaturas.

Este ser, de naturaleza perversa, desde que tuvo uso de razón planeó por todos los medios deshacer esta armonía y alegría que reinaba en todo el planeta y, para ello, se entrenó durante largos años en las artes oscuras de la magia, consiguiendo encontrar el modo de arrebatar la felicidad a todos: haría desaparecer los soles. Para ello sólo tendría que esperar el día del año en el que los dos astros coincidían en el firmamento y crear un portal hacia otra dimensión que los absorbiese por completo. 

Por fin llegó el día en el que los dos soles se cruzarían y le permitirían llevar a cabo su maléfico plan. Llegado el momento, se situó en la más alta montaña de la región y conjuró el portal que absorbería a los dos soles, sumergiendo el reino en la más absoluta oscuridad. Así fue, ambos astros desaparecieron del cielo, pero sin embargo algo salió mal: calculó erróneamente la distancia y él también se vio arrastrado hacia el portal que había creado, teletransportándose a una dimensión vacía y condenándose a sí mismo a vagar por ella hasta el fin de los tiempos en la más completa soledad.

Mientras tanto en la Tierra cundió el pánico y todos los habitantes lloraron por la pérdida de luz y calor. ¿Cómo iban ahora a crecer los cultivos? ¿Podrían acaso sobrevivir ante el frío que se avecinaba? Lunae, que así se llamaba la bruja, comenzó a buscar en su libro de hechicería algún remedio que pudiera poner fin al terrible problema, pero sin obtener resultados satisfactorios. De repente Solaris, el mago, recordó un hechizo antiguo, tan antiguo que ni siquiera Lunae tenía constancia de él, que podría restaurar el orden en la bóveda celeste pero a un gran coste: su propia vida y todo su poder mágico.Sabían que sería el fin de la magia en la Tierra, puesto que debían usar todos los recursos disponibles si querían conseguir su objetivo. Se despidieron amargamente, puesto que a partir de aquel entonces estarían obligados a evitarse el uno al otro para siempre y comenzaron el conjuro que les permitiría restablecer los astros en el firmamento. En el último momento, Lunae, decidió no usar todo su poder mágico en el conjuro para, de esta forma, conservar una pequeña parte de magia en el mundo. 

Es por esto por lo que el sol ilumina con mayor fuerza y el por qué de que las horas nocturnas siempre estén impregnadas de magia y misterio.

lunes, 22 de abril de 2013

La solución.


Una noche, en un extremo alarde de talento y presteza, Odio consiguió capturar y encerrar el nombre de todas las cosas. Nadie pareció darse cuenta al despertarse, hasta que los hombres de negocios, angustiados, no pudieron pedir el desayuno en las cafeterías, las madres no pudieron llamar a voces a sus pequeños para que acudieran a las clases matutinas... la ciudad se paralizó por completo.

A mediodía, en la alcaldía se recibió un mensaje de Odio, en el cual exigía el control de la ciudad. El alcalde, después de estudiar el mensaje de Odio con gran detenimiento, decidió pedir ayuda a Amor, puesto que sabía que siempre estaba dispuesta a realizar todo aquello que supusiera bien a los demás.

Por supuesto, se ofreció encantada y se dirigió a la casa de Odio, donde, con amables palabras, intentó convencerlo de que liberase a los nombres. Odio, impasible ante las lágrimas y buena intención de Amor, se rió frente a su némesis y cerró la puerta con brusquedad. Ante el fracaso de Amor, el alcalde llamó a Ingenio. Él haría entrar en razón al ladrón, no podía fallar. Se plantó frente a su puerta y durante horas expuso a Odio razones con sólidos cimientos, verdades incuestionables a las que Odio, no sabiendo qué responder, decidió contestar soltando a sus perros, haciendo huir a Ingenio.

Entonces, Amor e Ingenio decidieron llamar a sus compañeros y formaron una cúpula de emergencia donde discutieron hasta el anochecer la posible solución al problema con el que se encontraban. Estaban todos: la pequeña Bondad con su vestido azul, la melancólica Tristeza, que caminaba cabizbaja por la sala e incluso la altanera Felicidad, siempre creyéndose superior a los demás. Todos estaban de acuerdo en que debían hacer algo, así que, de forma desesperada, decidieron recurrir a la única que podría solucionarlo.

A la mañana siguiente, todo volvió a la normalidad: los hombres de negocios pudieron volver a pedir su café con tostadas, los padres pudieron instar a sus hijos a que se dieran prisa por acudir al colegio y nadie se preguntó qué había ocurrido ni quién era el responsable de que sus vidas volvieran a ser tan felices como antes.

Cuando Odio despertó, encontró que las celdas donde había mantenido a los nombres estaban abiertas y que una breve nota colgaba del lugar donde había estado el cerrojo, ahora partido por la mitad: 

"He devuelto lo que había sido robado, nadie debería tener tanto poder en sus manos. Fdo: Violencia."

Tal vez no sea una buena historia o tenga una bonita moraleja, pero quizás sirva para ilustrarnos que donde no funcionen las hermosas palabras o los argumentos sólidos, podría resultar que si lo hiciera la acción, la violencia.


"Nos llamaron perroflautas, porque sólo teníamos bonitas palabras. Les dimos las razones y nos echaron a golpes."

sábado, 6 de abril de 2013

No hagas nada


No pienses, no discutas, no levantes la cabeza, no hagas nada. Enciende la tele y piérdete en una maraña de noticias ajenas totalmente a ti y tu entorno. Observa cómo un desconocido gana un concurso, eso te producirá bienestar. Enfádate con discusiones absurdas televisadas sobre amores e infidelidades o, mejor aún, escucha acerca de la vida privada de personas célebres, no vaya a ser que se te ocurra cómo mejorar tu propio estado. Disfruta de una pizza mientras tu equipo marca un gol, seguro que eso acabará con tus problemas en el trabajo. Consume los productos anunciados, siempre son mejores que aquellos que no disponen de fondos para financiarse veinte segundos en antena. Saborea cada momento de unas vidas que jamás serán como la tuya porque tienes miedo de hacer las cosas.

Permanece sentado frente a tu televisor, eso es lo que ellos quieren.

sábado, 9 de febrero de 2013

Nightmare


Encerrado en tu propia casa, entre tus propios pensamientos. Taciturno, anegado por lágrimas que pugnan por salir pero se quedan aferradas a tu garganta, impidiendo que salga cualquier sonido de tu boca. Te ahogas, no puedes respirar pero aún así luchas por conseguir que un poco de aire entre en tus pulmones, abriendo y cerrando tus labios sonoramente, boqueando como un pez fuera del agua. Consigues por fin que un pequeño soplo se cuele por tu garganta, pero no sirve de nada, el aire llega a los pulmones y es devuelto intacto, como si tu cuerpo quisiera lo que tu mente no para de clamar a voces. Desesperado abres la ventana, esperando que el frío del exterior te despierte de la pesadilla que estás viviendo.

 Descubres que todo es inútil, no te queda otro remedio que aceptar tu destino, así que decides tumbarte en la cama y esperar. Poco a poco vas cerrando los ojos, esperando que llegue el final, pues allá donde vas el sufrimiento acabará. De repente una sonrisa aflora en tus labios: al fin, después de tanto tiempo, vuelves a ser plenamente feliz.

jueves, 7 de febrero de 2013

El sótano.


No sé dónde estoy. He despertado en un extraño sótano en el que la única fuente de luz es la rendija bajo la puerta que se encuentra a diez pies sobre donde estoy. La luz es demasiado débil y no veo nada a mi alrededor, pero tengo las manos atadas a la espalda y noto sangre seca en un lateral de la cabeza: su olor comienza a darme náuseas. No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo aquí tumbado, pero tengo la boca pastosa y siento la imperiosa necesidad de beber agua: creo que me han drogado. Lo último que recuerdo es que estaba leyendo en la cama, hasta que me quedé dormido como la mayoría de las noches.

Intento levantarme a duras penas, pero descubro que la correa que me ata las muñecas también está sujeta a lo que parece la tubería de la caldera que suena a mi derecha. Para mi sorpresa, los pies los mantengo libres, así que aprovecho para incorporarme ligeramente y apoyar la espalda en la pared. Mis ojos se han acostumbrado lentamente a la oscuridad reinante, por lo que empiezo a distinguir lo que me rodea. Efectivamente me hallo en un sótano, no demasiado grande, en el que sólo hay una pequeña mesa de herramientas, una lavadora oxidada y una vieja caldera que no cesa de repetir una serie de ruidos rítmicos y monótonos.

De repente escucho pasos y veo a través de la rendija cómo una persona se detiene ante la puerta y comienza a manipular la cerradura. Cuando abre, la luz me ciega parcialmente y no puedo distinguir quién es, pero lleva algo en la mano, que me arroja con fuerza y cae sobre mí, golpeándome en el estómago. El golpe me pilla de improviso y me da con toda su fuerza, haciendo resbalar por mis mejillas dos rápidas lágrimas que caen para morir en el suelo de hormigón. La figura permanece en el arco de la puerta varios segundos, observándome. Se encuentra a contraluz y no puedo diferenciar sus rasgos, aunque parece que lleva una extraña máscara que le cubre la mayor parte de la cara. Lentamente da un paso hacia atrás y cierra la puerta sin parar de mirarme, dando tres vueltas al cerrojo, encerrándome de nuevo en este oscuro sótano. Me ha parecido ver una sonrisa en el fragmento de su rostro que no estaba cubierto por la máscara.

Cuando mis ojos vuelven a acostumbrarse a la ausencia de luz, descubro qué es el objeto con el que me ha golpeado: un bidón de ciclismo lleno de agua. En ese momento estallo en lágrimas, pidiendo auxilio con toda la fuerza de mi voz.

viernes, 11 de enero de 2013

Diario del amor en el mundo. Día 1.



He visto al amor de mi vida. No, no lo sé porque el tiempo haya detenido mágicamente su curso o ella resplandeciese de una forma inusual entre una gran multitud que la rodeara. A decir verdad, a simple vista ha pasado desapercibida ante mis ojos, pero cuando he vuelto a echar otro vistazo fijando mi vista en cada persona de la pequeña plaza, me he percatado de la bella flor en mitad del mar tempestuoso de gente bulliciosa que le rodeaba. Digo bella flor porque ahora mismo no se me ocurren palabras para describirla físicamente. Mi mente está demasiado confusa y, al fin y al cabo, todo ha pasado en breves segundos. Llevaba tanto tiempo esperando que, cuando encontrase por fin aquella persona que lo significaría todo para mí, iba a ocurrir algo especial que me he quedado quieto, tal vez esperando ese mágico suceso que nos uniera para siempre. Pero, como era de esperar, nada ha sucedido y he observado impasible cómo se marchaba, sin poder hacer nada por evitarlo, pues mis pies parecían anclados a la tierra y el sonido de mi voz era ahogado antes de salir por mi garganta. ¿Volveré a verla? A partir de ahora dedicaré mi vida a encontrarla.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un mundo maravilloso.


La vida a menudo nos regala grandes sorpresas. No dejéis de esperarlas, puesto que en el momento menos pensado, podría pasar algo excepcional que os cambie la vida por completo. Aunque, como en mi caso, no sea precisamente a mejor.

Cuando cumplí los 14 años, la mayor de mis sorpresas me llevó a descubrir el cómo y el por qué de mi existencia. Pero supongo que antes debería decir quién soy y por qué os estoy contando esto. Me llamo Louis C. Holiday y, a mis 32 años de edad, estoy muriendo de viejo. A medida que sigo escribiendo, noto cómo mis fuerzas van decayendo cada vez más, por eso estoy recapitulando mi vida completa, intentando encontrar una respuesta al rompecabezas de mi enfermedad.

Recuerdo que el día de mi decimocuarto cumpleaños al despertar encontré un DVD sobre mi almohada y una nota de mis padres avisándome de que llegarían tarde a casa. Bajé corriendo las escaleras e introduje el disco en el reproductor, ansioso por descubrir la sorpresa que me habían preparado. En la pantalla del televisor apareció un hombre ataviado con una bata blanca en cuyo bolsillo podía verse el logotipo que iba a acabar cogiendo tanta importancia para mi. Aún conservo el DVD, de modo que os transcribiré lo que considero más importante para mi historia:

"Bienvenido a Milton Genetics. Forma parte del proyecto Manhattan de nuestra línea de productos humanos. Quizá se pregunte qué significa todo esto. Usted ha sido creado en nuestros laboratorios, utilizando las más novedosas técnicas de modificación genética, para conseguir habilidades excepcionales, tanto intelectuales como físicas. Tal vez haya notado los primeros síntomas: mayor capacidad creativa que sus coetáneos, habilidad para la mayoría de deportes e incluso una mayor percepción de su entorno. El hecho de que haya recibido este vídeo en su decimocuarto cumpleaños no es fortuito  a partir de hoy empezará a experimentar un gran aumento de sus capacidades. Es por ello que deberá someterse a diversas pruebas en los meses sucesivos a este mensaje... "

La grabación continuaba con una especificación técnica del contenido de mi ADN, en la que se detallaban las cualidades de las cuales dispondría cuando alcanzase la edad adulta.

Después de averiguar mi procedencia, tomé la decisión que cambió mi vida y, posiblemente, la de muchas otras personas: me escapé de casa.

lunes, 25 de junio de 2012

Corazón:La habitación de motel.


Se despertó sobresaltado por la vibración del teléfono bajo la almohada, observó la pantalla con los ojos aún medio cerrados descubriendo sin asombro que tenía más de quince llamadas perdidas. No prestó atención a su procedencia y se dispuso a mirar a su alrededor, intentando averiguar en qué lugar se encontraba y qué le había llevado hasta aquella oscura habitación. Pequeños pinchazos martilleaban incesantemente su cabeza, pero no sólo era la cabeza lo que le dolía, sino que podía sentir hasta el último de los huesos de su cuerpo clamando por un poco de descanso. Los retazos de la noche anterior fueron acudiendo a su mente lenta y dolorosamente, le costaba recordar cómo habían sucedido los hechos, pero echando un vistazo a la puerta del baño entreabierta, vio que lo había hecho de nuevo. Se prometió una vez más que la próxima vez debería beber menos o podría acabar teniendo serios problemas.

Lentamente se sentó en el borde del mullido colchón. Trató de poner en orden sus ideas para poder actuar con precisión y así no olvidar ninguno de los pasos que tenía que dar a continuación. Se maldijo así mismo por no haber hecho la maldita lista que llevaba pensando desde hacía tiempo, algún día dejaría de hacer algo y terminarían por cogerlo, con las consecuencias que ello acarrearía. Lo primero que debía hacer era asegurarse de que nadie podría averiguar que esa noche había estado allí, así que mandó un mensaje de texto a su mejor amigo pidiendo que le diera una coartada frente a sus padres, prometiéndole otra vez que le contaría quién era la chica que había estado viendo los últimos fines de semana. Empezó a repasar todo lo sucedido al llegar al motel, para asegurarse de que nadie le había visto directamente y pudiera reconocerlo si alguien preguntaba en los días siguientes. Después se dedicó a recoger todos los restos que había por la habitación de la noche anterior: la caja de pizza, los condones usados y la ropa que había llevado. Se quitó la absurda peluca y las patillas y lo introdujo todo en bolsas de plástico por separado, colocándolas junto a la puerta. Aprovechó para comprobar que ésta estaba bien cerrada, deteniéndose a medio camino mientras se reía de su propia preocupación: como si aquel cutre motel  tuviera servicio de habitaciones que pudiera molestarle.

Por último, decidió que se tenía que enfrentar a lo que se encontraba en el baño y abrió la puerta con lentitud. Encendió la luz y, como había hecho en la habitación, fue recogiendo todo lo que pudiera resultar peligroso que encontrase la policía. Echó una mirada de soslayo a la chica que yacía en la bañera tintada de rojo y recordó que debía hacer una cosa más antes de marcharse. Sacó un pequeño pincel del bolsillo del pantalón y, con la sangre que había en la bañera, escribió en la pared los crímenes cometidos. Había sido realmente difícil investigarla, pero al final había encontrado suficientes pruebas para considerarla culpable. Pegó las fotografías, en las que se la veía vendiendo droga a varios chicos que no debían tener más de 14 años, para que los ineptos de la policía pudieran incriminarla sin problemas y salió del cuarto de baño rápidamente, pues el hedor a sangre seca comenzaba a ser insoportable.

Se sentó en la cama e intentó recordar cómo era el motel en el que se encontraba para buscar una salida sin tener que pasar por recepción. Dedujo que la mejor opción era desplazarse hasta el tejado del edificio de al lado y luego dejarse caer hasta la calle contigua, donde sólo había un piso de altura. Recogió todo lo que había dejado en la puerta, repasó mentalmente una vez más que no se dejaba nada por hacer y salió, cerrando la puerta tras de sí. Una vez fuera se quitó los guantes y los guardó en una de las bolsas negras.

Cuando ya había caminado durante un par de manzanas, sacó una de las bolsas de la mochila y la tiró a un contenedor. Más tarde hizo lo mismo con las demás, mientras pensaba que iba a tener que encontrar otra forma de hacerlo, puesto que eso aún le dejaba con demasiado riesgo de lo que era admisible permitir y, poco a poco terminaría con su escasa economía. Dejó de pensar y cogió el autobús circular, directo a la primera clase de la mañana. Al fin y al cabo no tenía por qué preocuparse: la policía nunca sospecharía de un chaval de diecisiete años que aún iba al instituto. O, al menos, eso creía él.

martes, 8 de mayo de 2012

Corazón: Cuatro palabras.


Me han sentado como una gran jarra de agua fría, helada. Las palabras se deslizan por mi melena cobriza cayendo sobre mi cuerpo, empapándome en su verdad y sufrimiento. Estoy destrozada, pero a la vez, estoy extrañamente feliz.

Es curioso comprobar cómo son los buenos momentos los que acuden a mi memoria mientras mi mente se esfuerza por digerir esas cuatro simples palabras. Recuerdo el primer día que te vi, tus ojos anegados en lágrimas, pero con una sonrisa radiante en el rostro, como si ese día fuera el más feliz de tu vida por mucho que tus ojos lo negaran. Meses más tarde me enteré de qué te había ocurrido aquel día y comprendí que fue el peor de toda tu vida, pero yo por aquel entonces no sabía nada de ti y ni siquiera crucé una palabra contigo por miedo a no saber cómo ayudarte. Nos encontraríamos varias veces más hasta que pudiéramos mantener una conversación y no fue hasta 49 encuentros después del primero cuando nos dimos nuestro primer beso. Todo contigo era como un sueño hecho realidad, como si el amor de las películas fuera real. Ahora comprendo que nada puede ser tan perfecto, siempre tiene que haber algo que lo acabe echando todo por tierra, pero quizás es demasiado tarde para haberse dado cuenta.

El sol acaricia mi pálida piel y yo sigo sin comprender del todo el significado de lo que me has dicho. Quizás lo que más me duela sea que me lo has dicho con la misma expresión de siempre en tu rostro, lo que me ha hecho asegurarme de que era real y, todo lo que hemos pasado hasta ahora, una complicada mentira. Ya te has ido, pero aún recuerdo cómo me has mirado a los ojos, te has acercado lentamente a mi y me has susurrado al oido con tu voz más dulce y melosa: “El amor no existe”.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Razón: Nada & Infinito


La Nada y el Infinito comparten más atributos de los que nadie pudiera imaginar a simple vista:

Ambos conceptos son imposibles de asimilar para la mente humana, ya que nadie puede imaginarse nunca ninguno de los dos. ¿Que usted si que puede? Bien, cuando piensa en la Nada, ¿qué imagina? Existen dos respuestas obvias: o bien usted está imaginando un espacio blanco en su totalidad o por otro lado, ese espacio es negro. Claro está, no se ha acercado a la esencia de la Nada mucho más que si se hubiese pintado el espacio de rojo sangre o amarillo chillón. Puesto que no deja de ser un espacio de un color determinado y por lo tanto es algo o, dicho de otra forma: no es Nada.

En cuanto al Infinito es más sencillo de explicar que nuestra mente no pueda comprenderlo. Seguramente esté imaginando algo muy grande (el universo con millones de estrellas tal vez), pero por muy grande que sea, siempre puede serlo un poquito más, ¿verdad? Ahora bien, este nuevo espacio es más grande que el que usted había considerado al principio, de lo que se deduce que el primero no era infinito y por lo tanto, el segundo tampoco, ya que puede haber otro mayor. También puede recurrir a “los infinitos puntos de una recta”. Bien, usted quiere creer que hay infinitos puntos, puesto que eso es lo que le enseñaron en la escuela, pero, ¿realmente tiene la imagen de esos infinitos puntos? La respuesta es no, como en el supuesto anterior, siempre podrá imaginar más puntos, por lo que ninguna cantidad que su mente pueda crear, será infinita.

Este simple hecho es el que nos impide a los humanos dar una respuesta apropiada a la pregunta de: ¿cómo empezó todo? Puesto que si supiéramos a ciencia cierta lo que implican la Nada y el Infinito, podríamos saber cómo se pudo crear el universo (Infinito) a partir del vacío (Nada) o, según la otra posible teoría, cómo es que algo Infinito ha existido siempre (aunque esta posibilidad conlleva otro concepto aún más difícil de manejar por la mente humana: el tiempo).  Tal vez nuestra imposibilidad de contestar a esa gran pregunta, sea debido a que nuestra mente imperfecta no consigue asimilar los términos.

O, quién sabe, quizás no existan la Nada ni el Infinito y sean simples conceptos que hemos creado para satisfacer nuestra ignorancia.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Razón: Felicidad

Nos esforzamos continuamente en mejorar nuestro status social y económico con la esperanza de que esto nos aporte felicidad, ignorantes nosotros de que lo único que conseguimos es alimentar el eterno círculo vicioso. Puesto que es inherente a la raza humana el deseo de estar un nivel por encima de donde nos encontramos, nunca podremos llegar a ser felices si no somos conscientes de que después del siguiente escalón siempre habrá otro.
La verdad es que esto es un hecho del que, si bien no todo el mundo, al menos una gran mayoría de la población es consciente y por lo tanto no estoy afirmando nada novedoso o innovador. Aunque también es cierto que la gente, incluso siendo totalmente conscientes de ello, no son capaces de evitarlo, debido a que es otra de las características fundamentales del ser humano: tropezaremos una y otra vez con la misma piedra si la razón nos dice que debemos hacerlo. Pues al fin y al cabo es natural que la razón de todo hombre acabe dando por cierto esta forma de intentar llegar a la felicidad, pero, ¿y si la propia razón es la que nos engaña? Entonces debemos volver a nuestro estado más primitivo, olvidarnos de pensar y actuar por puro instinto. Y es éste instinto el que nos alejará de la obsesión por conseguir más de lo que tenemos con la esperanza de llegar a la felicidad. Por lo tanto, se podría decir que hemos fallado, o como suelen decir los positivistas: hemos encontrado una forma incorrecta de llegar a la felicidad.
Quizás el problema esté en el mismo concepto de felicidad, puesto que cada persona te contestará algo totalmente diferente cuando intentes indagar. Pregunta a un niño y su felicidad será una bicicleta nueva, hazle la misma pregunta a un empresario y te contestará que es el éxito laboral y si cuestionas a una anciana abuela, te dirá que sus nietos son su felicidad. Bien, llegados a este punto, ¿debemos eliminar alguna de las formas de felicidad? Y en ese caso, ¿cuál? La respuesta es no, ya que si rechazáramos alguna de ellas lo estaríamos haciendo bajo nuestra propia opinión de lo que es la felicidad y por lo tanto, cegados por nuestra razón. Así pues, deberemos aceptar todas y cada una de las definiciones. Parece que no hemos hecho sino agrandar el que ya era un gran problema de gran tamaño al comenzar, pero hemos aportado un dato revelador: la felicidad es distinta en cada persona.
Teniendo en cuenta este detalle, podemos deducir fácilmente que nadie más excepto nosotros mismos conseguirá atisbar el verdadero motivo de nuestra felicidad. Por lo que ningún filósofo, psicólogo o simplemente alguien que quiere ganar dinero fácil puede darte unas sencillas (o complicadas) normas para ser feliz, como se puede ver en las portadas de cientos de libros de autoayuda que triunfan tanto hoy en día. Pero no merece la pena perder mucho tiempo buscando, pues hay personas que no llegan a descubrir la suya hasta el momento de su muerte y otras incluso pueden llegar a morir buscando algo que tal vez ni siquiera exista para ellos. Puedes estar buscando la felicidad toda tu vida y en el final descubrir que tu felicidad era la vida.
Quizás la verdadera felicidad sea el camino y no la meta, por lo que lo mejor que puedes hacer es seguir adelante y disfrutar de las pequeñas cosas que encuentras en tu viaje. Podría ser que esas pequeñas cosas: una hoja cayendo en otoño, las ondulaciones del agua, el arruyo del mar nocturno… todas ellas quizás y sólo quizás sean la verdadera felicidad, la felicidad plena. Pero esto, al fin y al cabo, no son más que suposiciones mías y por lo tanto, no deberíais tenerlas en cuenta.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Corazón: Prólogo

El aire frío le heló los huesos, sintió el gélido aliento de la mañana penetrar en cada fibra de su ser mientras oteaba el horizonte buscando la humareda negra que anunciara la llegada del tren. Llevaba varios días esperando este momento, nervioso e impaciente por el tan esperado encuentro, pero ahora que estaba mas cerca de convertir en realidad los pensamientos que había tenido para ella durante los últimos días, simplemente albergaba un profundo y terrible temor. Tenía miedo de que sucediera algo: de que un grupo asaltara el tren y la descubriera o de que algo no marchara bien y no hubiese podido subir a tiempo, echando por tierra todos sus sueños y esperanzas depositados en aquel viaje.
Miró a su alrededor y observó a las pocas personas que esperaban junto a él en aquella pequeña estación perdida en mitad del desierto: un hombre mayor leía un periódico local echando un humo azulado de su pipa, la cual chupaba de vez en cuando sin prestar demasiada atención a lo que le rodeaba. Una mujer con un niño en brazos paseaba de un lado a otro intentando calmar al bebé susurrándole al oído palabras que nadie jamás recordaría. Y, por último, la persona que más le llamaba la atención: un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje hecho con una tela extraordinariamente brillante y un sombrero calado hasta las cejas, de modo que no se podía distinguir su cara totalmente. Pero no era su extraño aspecto lo que despertaba su interés, pues por aquellos parajes era costumbre ver gente de lo más variopinta. Lo que de verdad resultaba chocante era que, a excepción del leve movimiento de su pecho al respirar, no había movido ni un músculo desde que estaba allí sentado, como si estuviera en una especie de trance esperando a que algo ocurriese.
Apartó sus pensamientos de aquella extraña persona y volvió a centrar su mirada en el horizonte, buscando la señal que le indicara la esperada llegada y por fin vio, a lo lejos, el espeso humo de la vieja maquina. Cerró los ojos y pudo sentir a lo lejos el estridente pitido del tren, señal de que en apenas un par de minutos llegaría a la estación, se detendría lentamente y se abrirían las puertas, liberandole de aquel extraño presentimiento de que algo malo iba a suceder.

martes, 24 de enero de 2012

Corazón: El rey de picas nunca aparece cuando lo necesitas.

Creo que ya es hora de que os hable de lo que ocurrió el día que volví a nacer. Pero antes deberé hablaros de las circunstancias que desencadenaron mi muerte en vida y la pérdida absoluta de todos mis sueños:
Fue un 17 de Julio de hace ya diez largos años. Recuerdo el día en el que todo empezó porque era el aniversario de nuestro primer beso. Siempre que he intentado volver a esos instantes que pasé ese día a su lado se me hace difícil acordarme de los detalles importantes, pero en cambio pequeñas cosas como el olor de su pelo, las uñas pintadas de rojo de su pequeña mano mientras se despedía… las recuerdo como si hubieran pasado hace unos segundos y si cierro los ojos consigo ver una vez más su frágil mano agitándose mientras cruzaba la calle alejándose de mí. Fue la última vez que la vi con vida, por ello quizás guardo ese recuerdo enterrado en lo más hondo de mi corazón. Pues como un viejo amigo me dijo una vez: “los recuerdos que no quieres que sean borrados, siempre deberás guardarlos en el corazón, pues la mente es efímera y tarde o temprano acabará perdiéndolos”.
Dos horas después recibí una llamada del hospital, una voz femenina me estuvo hablando durante varios minutos, pero yo sólo acerté a escuchar palabras sueltas, palabras que dolieron tanto que tal vez debido a ello no conseguí escuchar nada más: lo siento mucho… accidente… el conductor iba ebrio…esas palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez, mientras mi mente bloqueada intentaba ordenarlas de la mejor forma posible. Los días siguientes los pasé envuelto en una neblina oscura, ni siquiera recuerdo cuántos días pasaron hasta que conseguí despertar, pero cuando por fin pude abrir los ojos, me puse frente al espejo de nuestro baño y éste me devolvió una imagen caricaturizada de mi mismo: los ojos hundidos y una mirada perdida que me asustó hasta a mi mismo. En ese mismo momento decidí que yo ya había muerto, yo estaba ese día aferrado a su mano cuando el coche la atropelló y mi vida se había ido junto con la suya.
Todo el mundo usa diferentes tácticas para intentar sacar la oscuridad que se acomoda en su interior tras una gran pérdida en su vida: algunos beben, otros se sumergen en la música para crear canciones melancólicas y una pequeña minoría, en la cual debería incluirme, juegan. Por aquel entonces necesitaba gastar todos nuestros ahorros, los que habíamos estado guardando para nuestra vida juntos. Tenía que deshacerme de ellos de una forma u otra, porque me recordaban continuamente lo que había perdido aquel 17 de Julio, las cosas de las que ya nunca podríamos disfrutar. Pero lo que empezó como un método para intentar expulsar la oscuridad de mi interior, acabó por destruirme completamente. Cuando me gasté todo lo que habíamos conseguido ahorrar los años que estuvimos juntos fue demasiado tarde, me di cuenta de que no pude parar y ello me llevó a la situación que desencadenó mi liberación y posterior renacimiento.
Las deudas que tenía en la casa de juego ya ascendían a cantidades inimaginables, pero aun así decidí volver a jugar una última vez. Tras unas cuantas manos, conseguí recuperar algo de dinero, por fin había conseguido tener una buena racha. Hasta que llegó una mano en la que si quería ir debía hacer un: “all-in”. Decidí arriesgarme, pues tenía pareja de ases y un proyecto de escalera de color en el Flop. Mi corazón se detuvo cuando la otra persona enseñó su trio de Jotas. En el Turn se doblaron los dieces, por lo que mi última oportunidad se vio reducida a que la última carta que quedara por salir fuese un Rey de Picas y me diera la escalera de color para poder ganar. Como era de esperar, no lo fue. Ni siquiera logro recordar cuál fue aquella quinta y última carta, pues en ese momento lo único que pude ver era cómo el dinero del que ni siquiera disponía era movido a los brazos de aquel hombre tatuado.
Aún no me explico cómo conseguí salir vivo de aquel tugurio, pero al final conseguí convencer al dueño del local de que le conseguiría el dinero si me daba un par de días. Justo lo que necesitaba para poder desaparecer del mapa. Y es que ese día fue cuando por fin me di cuenta de que mi vida aún no se había acabado. Fue el temor a acabar ahogado en la piscina de aquel matón lo que me dio fuerzas para luchar por mi vida. Vendí lo poco que quedaba de valor en la casa y compré un billete hacia el pueblo más recóndito y lejano que pudiera encontrar, llevando conmigo tan sólo una mochila con ropa y una carta de la baraja francesa, un Rey de Picas, para recordarme todo aquello que perdí y todo lo que me queda por encontrar.
Así llegué a instalarme en esta pequeña casa alejado de la civilización, aunque por el camino sin duda han ocurrido hechos que merecen ser contados. Pero de eso ya os hablaré en otro momento, pues debo acabar de preparar la mochila, ya que mañana pienso abandonar este lugar para no volver jamás. Es hora de renacer por segunda vez.

martes, 8 de noviembre de 2011

Razón: Blanco

¿Alguna vez habéis tenido la sensación de que sabéis perfectamente la respuesta a una pregunta pero vuestra mente es incapaz de ordenar las palabras para demostrarlo? Esa sensación de frustración total la llevo sintiendo en mi día a día con mayor frecuencia de la deseable por cualquiera. La gente suele decir que es normal, que a ellos también los pasa: olvidan algunas palabras en los momentos más inoportunos. Pero no es simplemente eso, no es que olvide palabras, si no que mi cerebro se apaga y no consigo decir nada. Es algo que tienes que sentir para saber lo que es, la sensación de absoluta blancura mental, como si no existiera nada ni dentro, ni fuera de mí. El absoluto y total Blanco, como en aquel libro.
Hoy ha sido completamente distinto: hasta ahora me había pasado al pasar mis pensamientos al aire, pero nunca al papel, siempre tenía el recurso de mis escritos, de que fluyeran mis ideas a través de mis dedos sobre el teclado o con un boli Bic entre ellos. Es frustrante que me haya ocurrido en el examen que mejor hubiese hecho si no fuera por ello. Desde antes de entrar sabía que algo iba a ir mal, que no iba a ser mi día, pero no me esperaba nada ni remotamente como esto. He intentado ordenar vagamente algunas palabras, pero no era capaz de enlazarlas correctamente e incluso la dislexia ha llegado a mí, impidiéndome ordenar las propias letras dentro de las palabras, por lo que mis respuestas eran caóticas y vacías de sentido. Ha llegado un punto el que algo ha hecho “clack” en el interior de mi cabeza y no he podido seguir escribiendo, el bolígrafo se negaba a responder en mis manos y no me ha quedado otra opción que, resignado, entregar el examen pidiendo perdón con la mirada.
Yo lo achacaba a mi progresiva pérdida de hábito por la lectura, pero después de que en verano haya hecho las paces con los libros, me sigue ocurriendo demasiado a menudo. Tampoco esta vez es de haber descansado deficientemente, pues he dormido más de lo tengo por normalidad. Es algo totalmente diferente: quizás ha llegado el punto en el que simplemente no puedo más, quizás haya descubierto mi límite, pero, ¿sabéis qué? Pienso superar ese límite, cueste lo que cueste y aunque tenga que dejar muchas cosas atrás.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Corazón: La casa en el bosque.

Miró impaciente el reloj, temiendo lo peor: que se había echado atrás, que no había podido soportar la presión y había decidido volver con su marido, por miedo a las consecuencias, a poder perderlo todo. Recordó lo que les había llevado a esta situación: las miradas cómplices en la oficina, las notas escondidas y los besos fugaces robados cuando nadie podía verlos. Volvió los ojos hacia las pequeñas agujas y se dijo a si mismo que cinco minutos no eran nada, tal vez tenía problemas para encontrar aquel lugar perdido en la montaña, aunque creía haberle dado las indicaciones correctas.
De repente escuchó un coche sobre la gravilla y consiguió reconocer el motor de su viejo Ford. En su mente se fueron apareciendo todos y cada uno de los movimientos que hacía hasta llegar a la casa: la puerta del coche al cerrarse, las piedras crujiendo bajo sus pies y por último sus pasos por el suelo de madera de la entrada, deteniéndose frente a la puerta que permanecía entornada. Lentamente los goznes giraron y su figura apareció recortada por la luz exterior. Llevaba puesto el vestido azul ceñido a la cintura con el que tiempo atrás le había conquistado en la primera reunión de trabajo.
Decidida y con un brillo especial en la mirada entró y cerró la puerta tras de sí, dejando todos los temores al otro lado del arco de entrada. Se dirigió hacia él, lentamente acercó sus labios a los suyos y los rozó ligeramente. Su lengua juguetona comenzó a recorrer entonces la comisura de los labios, hasta que él consiguió reaccionar y le devolvió el beso, descubriendo por fin los rincones ocultos de aquella boca que tanto tiempo llevaba deseando. Las manos de ambos recorrían el cuerpo del otro, anhelantes de sentir el tacto de la piel contra la yema de los dedos. Con ansia de descubrir lo que tanto tiempo había estado deseando, empezó a subirle la camiseta. Ella levantó los brazos para facilitarle el trabajo y cuando por fin la camiseta salió de su cuerpo para perderse en un rincón de la pequeña habitación, su largo pelo ondulado cayó sobre sus pechos, provocandole un pequeño estremecimiento de placer. Se miraron, intercambiando millones de palabras de deseo en un segundo mientras sus ojos se mantenían unidos por aquel extraño puente, y siguieron quitándose la ropa.
Desnudos bajo la tenue luz de una vela que alumbraba la estancia, con sus cuerpos entrelazados, disfrutaban de cada caricia, cada roce con el que el otro le obsequiaba. Él comenzó a besarle lentamente el cuello, jugueteando a la vez con su lengua por detrás de la oreja, mordiendo pícaramente el lóbulo. Comenzó a bajar por su cuerpo, rozando cada parte de su ser, explorando cada recóndito lugar perdido entre sus curvas. Se detuvo en los pezones, pequeños y rosados, y con sólo su respiración sobre ellos hizo que se endurecieran rápidamente. Siguió hacia abajo, deteniéndose en cada punto que la hiciera estremecerse, hasta llegar a sus caderas. Le abrió ligeramente los muslos y comenzó a juguetear con su clítoris mordisqueándolo ligeramente. Las manos de ella se entrelazaron con su pelo, convidándolo a que siguiera. De pronto, llevó sus pies hasta su miembro y lo masajeó ágilmente, provocándole un placer impensable. Era la primera vez que alguien le hacía algo así, pero era mil veces mejor que nada que hubiera probado: sus pies se movían con una velocidad pasmosa y temió que pudiera terminar antes de empezar siquiera.
Ardiendo de deseo volvió a su boca, deseante de seguir probando el dulce sabor de sus labios. Se colocó completamente encima de ella y, tras ver su mirada, pidiéndole a gritos que lo hiciera, la penetró, consiguiendo que su vello se erizara por el contacto. Ella le dio la vuelta salvajemente y se sentó sobre sus caderas. Moviéndose rítmicamente hacia delante y hacia atrás mientras le miraba fijamente a los ojos con la mirada plagada de deseo y lujuria. Los movimientos se hicieron cada vez más rápidos, ya no podía reprimir más los gemidos de placer y comprobó que eso le excitaba sobremanera. Decidió cambiar de táctica y sus caderas empezaron a describir pequeños círculos a la vez que subían y bajaban con un ritmo cada vez más frenético. Sintió que él estaba a punto de llegar al orgasmo y sonrió al pensar que esta vez no debería fingirlo como hacía con su marido. Sus gritos de placer se acompasaron y casi al mismo tiempo soltaron el último gemido, el de dos personas que llevaban esperando para encontrarse durante demasiado tiempo.
Mientras bajaba y se colocaba acurrucada a su lado pensó que debería plantearse muchas cosas a partir de este día, porque por fin había encontrado a aquella persona que la completaba perfectamente. No sería fácil, pero cuando dos almas quieren estar juntas, nada puede impedir que se unan.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Corazón: Viajantes (primera parte)

La chica sacó el bocadillo de la mochila y cuidadosamente fue quitando el envoltorio que lo protegía, siguiendo un extraño ritual que había ido adquiriendo con la costumbre. Sabía que debía resultar un tanto chocante el conjunto de su vestimenta con aquella vieja mochila verde caza con infantiles dibujos en sus costados. La verdad es que no sabía muy bien por qué había decidido ponerse ropa de fiesta aquella tarde, tal vez para recordarse a si misma que cada vez estaba más cerca de conseguir la libertad. Pero sin duda alguna lo que destacaba en toda ella era su forma de mirar, con curiosidad pero a la vez con un brillo especial, como si fuera consciente de lo que iba a pasar a continuación. Cualquiera que escuchase de sus labios el motivo de su presencia en aquella antigua estación de tren acabaría escandalizado y, sin duda, llamaría al hospital psiquiátrico más cercano para que la internaran toda la vida.

La verdad de su historia era que es una viajante: personas que vagan por los lugares más exóticos y las épocas más remotas, intentando adaptarse como pueden, aunque siempre conservando algo que los perteneciese, para no perder la cordura. El talismán de la chica era aquella vieja mochila que tiempo atrás había llevado en numerosas excursiones, cuando aún era una chica normal que soñaba con ser actriz. Recordaba con tristeza aquellos días pasados, sin saber siquiera cuánto tiempo había pasado desde aquel día maldito en el que decidió preguntar por aquel hombre que aseguraba poder ayudarte a aprovechar mejor tu tiempo. Alejó los malos pensamientos de su mente y se concentró en lo que la rodeaba.

Aquel día se encontraba allí para una tarea sencilla, debía evitar el secuestro de un niño, ya que iniciaría una cadena de sucesos que perjudicarían a más personas de las imaginables. El pequeño se encontraba jugueteando con un pequeño cochecito, mientras su madre desesperada intentaba conseguir un billete hacia su pueblo que saliera aquel mismo día. La chica siguió observando a su alrededor, deseosa de acabar de una vez la tarea y poder volver de una vez a su vida anterior, dando por saldada la deuda que tenía con el Señor del Tiempo.