sábado, 6 de abril de 2013
No hagas nada
No pienses, no discutas, no levantes la cabeza, no hagas nada. Enciende la tele y piérdete en una maraña de noticias ajenas totalmente a ti y tu entorno. Observa cómo un desconocido gana un concurso, eso te producirá bienestar. Enfádate con discusiones absurdas televisadas sobre amores e infidelidades o, mejor aún, escucha acerca de la vida privada de personas célebres, no vaya a ser que se te ocurra cómo mejorar tu propio estado. Disfruta de una pizza mientras tu equipo marca un gol, seguro que eso acabará con tus problemas en el trabajo. Consume los productos anunciados, siempre son mejores que aquellos que no disponen de fondos para financiarse veinte segundos en antena. Saborea cada momento de unas vidas que jamás serán como la tuya porque tienes miedo de hacer las cosas.
Permanece sentado frente a tu televisor, eso es lo que ellos quieren.
sábado, 9 de febrero de 2013
Nightmare
Encerrado en tu propia casa, entre tus propios pensamientos. Taciturno, anegado por lágrimas que pugnan por salir pero se quedan aferradas a tu garganta, impidiendo que salga cualquier sonido de tu boca. Te ahogas, no puedes respirar pero aún así luchas por conseguir que un poco de aire entre en tus pulmones, abriendo y cerrando tus labios sonoramente, boqueando como un pez fuera del agua. Consigues por fin que un pequeño soplo se cuele por tu garganta, pero no sirve de nada, el aire llega a los pulmones y es devuelto intacto, como si tu cuerpo quisiera lo que tu mente no para de clamar a voces. Desesperado abres la ventana, esperando que el frío del exterior te despierte de la pesadilla que estás viviendo.
Descubres que todo es inútil, no te queda otro remedio que aceptar tu destino, así que decides tumbarte en la cama y esperar. Poco a poco vas cerrando los ojos, esperando que llegue el final, pues allá donde vas el sufrimiento acabará. De repente una sonrisa aflora en tus labios: al fin, después de tanto tiempo, vuelves a ser plenamente feliz.
jueves, 7 de febrero de 2013
El sótano.
No sé dónde estoy. He despertado en un extraño sótano en el que la única fuente de luz es la rendija bajo la puerta que se encuentra a diez pies sobre donde estoy. La luz es demasiado débil y no veo nada a mi alrededor, pero tengo las manos atadas a la espalda y noto sangre seca en un lateral de la cabeza: su olor comienza a darme náuseas. No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo aquí tumbado, pero tengo la boca pastosa y siento la imperiosa necesidad de beber agua: creo que me han drogado. Lo último que recuerdo es que estaba leyendo en la cama, hasta que me quedé dormido como la mayoría de las noches.
Intento levantarme a duras penas, pero descubro que la correa que me ata las muñecas también está sujeta a lo que parece la tubería de la caldera que suena a mi derecha. Para mi sorpresa, los pies los mantengo libres, así que aprovecho para incorporarme ligeramente y apoyar la espalda en la pared. Mis ojos se han acostumbrado lentamente a la oscuridad reinante, por lo que empiezo a distinguir lo que me rodea. Efectivamente me hallo en un sótano, no demasiado grande, en el que sólo hay una pequeña mesa de herramientas, una lavadora oxidada y una vieja caldera que no cesa de repetir una serie de ruidos rítmicos y monótonos.
De repente escucho pasos y veo a través de la rendija cómo una persona se detiene ante la puerta y comienza a manipular la cerradura. Cuando abre, la luz me ciega parcialmente y no puedo distinguir quién es, pero lleva algo en la mano, que me arroja con fuerza y cae sobre mí, golpeándome en el estómago. El golpe me pilla de improviso y me da con toda su fuerza, haciendo resbalar por mis mejillas dos rápidas lágrimas que caen para morir en el suelo de hormigón. La figura permanece en el arco de la puerta varios segundos, observándome. Se encuentra a contraluz y no puedo diferenciar sus rasgos, aunque parece que lleva una extraña máscara que le cubre la mayor parte de la cara. Lentamente da un paso hacia atrás y cierra la puerta sin parar de mirarme, dando tres vueltas al cerrojo, encerrándome de nuevo en este oscuro sótano. Me ha parecido ver una sonrisa en el fragmento de su rostro que no estaba cubierto por la máscara.
Cuando mis ojos vuelven a acostumbrarse a la ausencia de luz, descubro qué es el objeto con el que me ha golpeado: un bidón de ciclismo lleno de agua. En ese momento estallo en lágrimas, pidiendo auxilio con toda la fuerza de mi voz.
viernes, 11 de enero de 2013
Diario del amor en el mundo. Día 1.
He visto al amor de mi vida. No, no lo sé porque el tiempo
haya detenido mágicamente su curso o ella resplandeciese de una forma inusual
entre una gran multitud que la rodeara. A decir verdad, a simple vista ha
pasado desapercibida ante mis ojos, pero cuando he vuelto a echar otro vistazo
fijando mi vista en cada persona de la pequeña plaza, me he percatado de la
bella flor en mitad del mar tempestuoso de gente bulliciosa que le rodeaba.
Digo bella flor porque ahora mismo no se me ocurren palabras para describirla
físicamente. Mi mente está demasiado confusa y, al fin y al cabo, todo ha pasado
en breves segundos. Llevaba tanto tiempo esperando que, cuando encontrase por
fin aquella persona que lo significaría todo para mí, iba a ocurrir algo
especial que me he quedado quieto, tal vez esperando ese mágico suceso que nos
uniera para siempre. Pero, como era de esperar, nada ha sucedido y he observado
impasible cómo se marchaba, sin poder hacer nada por evitarlo, pues mis pies
parecían anclados a la tierra y el sonido de mi voz era ahogado antes de salir
por mi garganta. ¿Volveré a verla? A partir de ahora dedicaré mi vida a
encontrarla.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Un mundo maravilloso.
La vida a menudo nos regala grandes sorpresas. No dejéis de esperarlas, puesto que en el momento menos pensado, podría pasar algo excepcional que os cambie la vida por completo. Aunque, como en mi caso, no sea precisamente a mejor.
Cuando cumplí los 14 años, la mayor de mis sorpresas me llevó a descubrir el cómo y el por qué de mi existencia. Pero supongo que antes debería decir quién soy y por qué os estoy contando esto. Me llamo Louis C. Holiday y, a mis 32 años de edad, estoy muriendo de viejo. A medida que sigo escribiendo, noto cómo mis fuerzas van decayendo cada vez más, por eso estoy recapitulando mi vida completa, intentando encontrar una respuesta al rompecabezas de mi enfermedad.
Recuerdo que el día de mi decimocuarto cumpleaños al despertar encontré un DVD sobre mi almohada y una nota de mis padres avisándome de que llegarían tarde a casa. Bajé corriendo las escaleras e introduje el disco en el reproductor, ansioso por descubrir la sorpresa que me habían preparado. En la pantalla del televisor apareció un hombre ataviado con una bata blanca en cuyo bolsillo podía verse el logotipo que iba a acabar cogiendo tanta importancia para mi. Aún conservo el DVD, de modo que os transcribiré lo que considero más importante para mi historia:
"Bienvenido a Milton Genetics. Forma parte del proyecto Manhattan de nuestra línea de productos humanos. Quizá se pregunte qué significa todo esto. Usted ha sido creado en nuestros laboratorios, utilizando las más novedosas técnicas de modificación genética, para conseguir habilidades excepcionales, tanto intelectuales como físicas. Tal vez haya notado los primeros síntomas: mayor capacidad creativa que sus coetáneos, habilidad para la mayoría de deportes e incluso una mayor percepción de su entorno. El hecho de que haya recibido este vídeo en su decimocuarto cumpleaños no es fortuito a partir de hoy empezará a experimentar un gran aumento de sus capacidades. Es por ello que deberá someterse a diversas pruebas en los meses sucesivos a este mensaje... "
La grabación continuaba con una especificación técnica del contenido de mi ADN, en la que se detallaban las cualidades de las cuales dispondría cuando alcanzase la edad adulta.
Después de averiguar mi procedencia, tomé la decisión que cambió mi vida y, posiblemente, la de muchas otras personas: me escapé de casa.
lunes, 25 de junio de 2012
Corazón:La habitación de motel.
Se despertó sobresaltado por la vibración del teléfono bajo
la almohada, observó la pantalla con los ojos aún medio cerrados descubriendo sin
asombro que tenía más de quince llamadas perdidas. No prestó atención a su
procedencia y se dispuso a mirar a su alrededor, intentando averiguar en qué
lugar se encontraba y qué le había llevado hasta aquella oscura habitación. Pequeños
pinchazos martilleaban incesantemente su cabeza, pero no sólo era la cabeza lo
que le dolía, sino que podía sentir hasta el último de los huesos de su cuerpo
clamando por un poco de descanso. Los retazos de la noche anterior fueron
acudiendo a su mente lenta y dolorosamente, le costaba recordar cómo habían
sucedido los hechos, pero echando un vistazo a la puerta del baño entreabierta,
vio que lo había hecho de nuevo. Se prometió una vez más que la próxima vez debería
beber menos o podría acabar teniendo serios problemas.
Lentamente se sentó en el borde del mullido colchón. Trató
de poner en orden sus ideas para poder actuar con precisión y así no olvidar
ninguno de los pasos que tenía que dar a continuación. Se maldijo así mismo por
no haber hecho la maldita lista que llevaba pensando desde hacía tiempo, algún
día dejaría de hacer algo y terminarían por cogerlo, con las consecuencias que
ello acarrearía. Lo primero que debía hacer era asegurarse de que nadie podría
averiguar que esa noche había estado allí, así que mandó un mensaje de texto a
su mejor amigo pidiendo que le diera una coartada frente a sus padres,
prometiéndole otra vez que le contaría quién era la chica que había estado
viendo los últimos fines de semana. Empezó a repasar todo lo sucedido al llegar
al motel, para asegurarse de que nadie le había visto directamente y pudiera
reconocerlo si alguien preguntaba en los días siguientes. Después se dedicó a
recoger todos los restos que había por la habitación de la noche anterior: la
caja de pizza, los condones usados y la ropa que había llevado. Se quitó la
absurda peluca y las patillas y lo introdujo todo en bolsas de plástico por
separado, colocándolas junto a la puerta. Aprovechó para comprobar que ésta
estaba bien cerrada, deteniéndose a medio camino mientras se reía de su propia
preocupación: como si aquel cutre motel tuviera servicio de habitaciones que pudiera
molestarle.
Por último, decidió que se tenía que enfrentar a lo que se
encontraba en el baño y abrió la puerta con lentitud. Encendió la luz y, como
había hecho en la habitación, fue recogiendo todo lo que pudiera resultar
peligroso que encontrase la policía. Echó una mirada de soslayo a la chica que
yacía en la bañera tintada de rojo y recordó que debía hacer una cosa más antes
de marcharse. Sacó un pequeño pincel del bolsillo del pantalón y, con la sangre
que había en la bañera, escribió en la pared los crímenes cometidos. Había sido
realmente difícil investigarla, pero al final había encontrado suficientes
pruebas para considerarla culpable. Pegó las fotografías, en las que se la veía
vendiendo droga a varios chicos que no debían tener más de 14 años, para que
los ineptos de la policía pudieran incriminarla sin problemas y salió del
cuarto de baño rápidamente, pues el hedor a sangre seca comenzaba a ser
insoportable.
Se sentó en la cama e intentó recordar cómo era el motel en
el que se encontraba para buscar una salida sin tener que pasar por recepción.
Dedujo que la mejor opción era desplazarse hasta el tejado del edificio de al
lado y luego dejarse caer hasta la calle contigua, donde sólo había un piso de
altura. Recogió todo lo que había dejado en la puerta, repasó mentalmente una
vez más que no se dejaba nada por hacer y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Una vez fuera se quitó los guantes y los guardó en una de las bolsas negras.
Cuando ya había caminado durante un par de manzanas, sacó una
de las bolsas de la mochila y la tiró a un contenedor. Más tarde hizo lo mismo
con las demás, mientras pensaba que iba a tener que encontrar otra forma de
hacerlo, puesto que eso aún le dejaba con demasiado riesgo de lo que era
admisible permitir y, poco a poco terminaría con su escasa economía. Dejó de
pensar y cogió el autobús circular, directo a la primera clase de la mañana. Al
fin y al cabo no tenía por qué preocuparse: la policía nunca sospecharía de un
chaval de diecisiete años que aún iba al instituto. O, al menos, eso creía él.
martes, 8 de mayo de 2012
Corazón: Cuatro palabras.
Me han sentado como una gran jarra de agua fría, helada. Las
palabras se deslizan por mi melena cobriza cayendo sobre mi cuerpo, empapándome
en su verdad y sufrimiento. Estoy destrozada, pero a la vez, estoy extrañamente
feliz.
Es curioso comprobar cómo son los buenos momentos los que
acuden a mi memoria mientras mi mente se esfuerza por digerir esas cuatro simples
palabras. Recuerdo el primer día que te vi, tus ojos anegados en lágrimas, pero
con una sonrisa radiante en el rostro, como si ese día fuera el más feliz de tu
vida por mucho que tus ojos lo negaran. Meses más tarde me enteré de qué te había
ocurrido aquel día y comprendí que fue el peor de toda tu vida, pero yo por
aquel entonces no sabía nada de ti y ni siquiera crucé una palabra contigo por
miedo a no saber cómo ayudarte. Nos encontraríamos varias veces más hasta que pudiéramos
mantener una conversación y no fue hasta 49 encuentros después del primero
cuando nos dimos nuestro primer beso. Todo contigo era como un sueño hecho
realidad, como si el amor de las películas fuera real. Ahora comprendo que nada
puede ser tan perfecto, siempre tiene que haber algo que lo acabe echando todo
por tierra, pero quizás es demasiado tarde para haberse dado cuenta.
El sol acaricia mi pálida piel y yo sigo sin comprender del
todo el significado de lo que me has dicho. Quizás lo que más me duela sea que
me lo has dicho con la misma expresión de siempre en tu rostro, lo que me ha
hecho asegurarme de que era real y, todo lo que hemos pasado hasta ahora, una
complicada mentira. Ya te has ido, pero aún recuerdo cómo me has mirado a los
ojos, te has acercado lentamente a mi y me has susurrado al oido con tu voz más
dulce y melosa: “El amor no existe”.
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